Camaleón vestido de profeta

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FV

Published

May 10, 2026

Damián era un joven migrante, también, como Barcalay, ya establecido en la ciudad, formalmente casado, practicante minucioso de de una religión conservadora. Su lado más humano era compartir con su esposa y amigos, apasionado por los viajes y las reuniones familiares. Ocasionalmente coincidía con Barcalay; se saludaban amablemente como dos compañeros de trabajo, saludos comerciales: «Buen día, ¿cómo va todo?». Apretón de manos y hasta luego. Su esposa Camila era una joven muy bien hablada y profesional, dedicada a su trabajo, su hogar y sus proyectos particulares.

Durante más de catorce años, Barcalay mantuvo una relación con la hermana mayor de Camila, quien a su vez era cuñada de Damián. Aunque el vínculo parecía apacible desde fuera, la realidad era distinta: él no era tan amable con ella y cargaba con un pasado sombrío del que jamás hablaba, descubriendo la herida en una de las tantas terapias psicológicas a las que asistía. Tiempo atrás, Lucie había quedado embarazada, pero decidió interrumpirlo por falta de compromiso, una elección que eligió ella. Tras cinco años conviviendo, Barcalay sufrió un infarto cerebral que lo llevó a urgencias, encadenando cirugías y tratamientos complejos. Para entonces, la magia se había disipado y Lucie ya no quería seguir; se sentía relegada a un segundo plano, cansada de ir a hospitales y la intimidad era prácticamente inexistente, medicamente había sido suspendida, la salud de Barcalay se había deteriorado bastante. La distancia creció aún más por varios reclamos de Barcalay por temas de convivencia.

Mientras Barcalay lidiaba con su salud, Lucie reforzaba un coqueteo constante con Josué, un conocido de ambos que frecuentaba el mismo edificio y reuniones de amigos. Aquel lugar se convirtió en el centro de operaciones para triangular su nueva relación. Josué incluso visitaba a Barcalay en el hospital simulando una amistad, usando los pasillos médicos como escenario para cortejar y fortalecer los encuentros con Lucie, quien le correspondía tanto en persona como en redes sociales desde hacia buen tiempo. Juntos planearon el fin definitivo de la vieja relación: aislaron a Barcalay bloqueándolo en redes, cambiándole el número telefónico, dandose de baja en algunas redes, abandonando grupos sociales en simultaneo y amenazándolo con denuncias por supuestos acosos nunca probados legalmente. Consumaron su romance bajo la complicidad de amigos y familiares; en especial de Damián, un falso profeta que se encargó de notificar a Barcalay su expulsión del apartamento como una operación familiar, atizado por su suegra y el resto de cómplices cercanos. Sin embargo, Barcalay descubrió las conversaciones y las documentó. Para entonces, Lucie ya aceptaba regalos de su intimo amigo, odiaba al impulsivo Barcalay, se sometía a tratamientos estéticos y depilaciones —a las que, paradójicamente, Barcalay aún la acompañaba— y mostraba una hostilidad extrema: se quejaba por todo, destrozaba los libros de Barcalay, barria sus pies cando hacia limpieza y, tras una discusión, llegó a golpearlo en el balcón del apartamento sin nunca disculparse por ninguna de sus acciones, al contrario, manifestaba que no le adeudaba disculpas a nadie. Esta crisis lo dejó completamente desamparado, ya que su infarto cerebral lo había obligado a pausar su empleo en la empresa de CCTV donde trabajaba.

Mientras Barcalay aún cargaba con los puntos en la cabeza debido a su reciente cirugía, Damián confabulaba sin descanso con Lucie, su suegra y los demás monos voladores, para ejecutar el plan de expulsión: llamadas desesperadas y espionajes de puerta por parte de la hermana menor de Lucie. Desesperado, Barcalay les confió toda la información a sus amigos del trabajo anterior, quienes de inmediato intentaron averiguar la identidad de Josué, era un desconocido para ellos. Al verse descubierto, Josué reaccionó con una audaz inversión de roles: se declaró víctima de acoso y abuso, argumentando que la investigación de los amigos de Barcalay y unos likes de Barcalay en una de sus redes sociales violentaban dolorosamente su privacidad y la de sus familiares, reacción comprensible, era un acto abusivo por prte de Barcalay en ese momento. Josué previamente había bloqueado a Barcalay por los abusos que este ejercia en sus redes sociales. Barcalay trabajaba eventualmente en ciberseguridad en proyectos privados, pesar de su salud hecha un desastre pudo montar un plan de espionaje digital en su propio “hogar”. Caidas las mascaras, todo esto desató la furia de Josué y los demás, porque los secretos se habían roto y Barcalay como una vieja chismosa lo había ventilado sin remordimiento, Josué amenazó con dominancia verbal a Barcalay con denunciarlo ante la justicia apoyado por sus amigos detectives y unas supuestas capturas de pantalla. Por su parte, Lucie estalló en violentos reclamos contra Barcalay y la familia de él, decidida a blindar e incendiar la casa para defender a su nuevo suministro a cualquier precio, no podía romper la promesa que ya había hecho, y le afectaba profundamente confrontar a Barcalay, por primera vez en los catorce años su cara era la de una mascara caida sobre sus pies, golpe doloroso para una joven religiosa consevadora.

Finalmente, Barcalay se vio obligado a abandonar el apartamento en días previos a noche de navidad, era necesario que estuviera fuera del camino, cargando con la dolorosa claridad que solo da la distancia. Fue desde fuera, contemplando el derrumbe de su antigua vida, donde terminó de asimilar la fría realidad: esta vez, contra todo su entorno y su propia salud, había perdido su “hogar”. El profeta y sus cómplices se disiparon y sus teléfonos fueron bombardeados con chismes y diatribas luego de haber cumplido, exitosamente, el trabajo de triangulación. Todos contentos: ¡misión cumplida!, por fin se fue el acosador, es hora de la cena navideña con comidas tradicionales, fotos, redes sociales, fuegos artificiales y felicidad. Se mantentuvo la consigna: ¡Salud, viajes, sexo, Feliz Navidad y Año Nuevo para todos!